La Cábala Hermética de Fulcanelli

Arbaris von Nëgal

9 de julio de 2020

El tema de la lingüística y la fonética (así como el de la música) nos ha interesado desde la infancia. Dicho interés no ha hecho sino acentuarse y profundizarse con el paso del tiempo y los nuevos estudios que hemos emprendido, que han venido a dar sentido a aquella afición infantil, fruto sin duda de la Memoria de la Sangre. 

Existe una relación muy estrecha entre la música y el lenguaje (de ahí que poesía y música fueran indistinguibles en su origen), y tanto música como lenguaje parecen tener una relación muy estrecha con la estructura misma de la realidad(1). Ya en la tradición pitagórica encontramos descrita la profunda relación entre música, canto; y número, medida. Así, el Cosmos(2) sería una obra de música(3), una canción, un Gran Canto divino. De ahí que en la antigua tradición órfica se considerara que todo en el Cosmos tiene su «canción» por así decirlo, y que el que conoce dichos cantos secretos puede detentar un gran poder sobre las almas y sobre la materia, e incluso más allá, también sobre los planos invisibles. Dichos poderes se dice que poseyó, por ejemplo, el gran sabio Orfeo/Arfa. Posteriormente, la tradición esotérica occidental se encargó de preservar, hasta cierto punto, el conocimiento de dicha música o fonética fundamental. 

Han sido los autores herméticos, o los sabios pertenecientes a la tradición hermética, quienes más se han preocupado del tema en Occidente. Uno de los que ha hablado más clara y detalladamente al respecto es Fulcanelli, a quien muchos consideran el último y más reciente de los alquimistas «clásicos». En su libro «Las Moradas Filosofales»(4) desarrolla en profundidad el tema de lo que él denomina la «Cábala Hermética» o «cábala fonética», aunque ya enuncia el tema en su primer libro «El Misterio de las Catedrales».(5) Esta cábala, según nuestro autor, no tiene nada que ver con la Kabbalah(6) judía —que sería un «conocimiento recibido» o «tradición» dentro de la tradición rabínica—, sino que se trataría de lo que él denomina un argot, es decir, un vocabulario en clave basado en los sonidos de las palabras, y que es independiente del idioma de hablante. Habría sido ésta la forma en la que, según él, los antiguos habrían encriptado el conocimiento iniciático o esotérico, tanto en obras literarias como en simbología heráldica y arquitectónica. La polémica etimología que Fulcanelli propone de la palabra cabale, cábala, no sería por lo tanto hebrea, sino griega, como expondremos más adelante. 

En «El Misterio de las Catedrales», más específicamente en el capítulo III(7), encontramos un pasaje muy interesante, que vale la pena citar in extenso: 

Ante todo, debemos decir unas palabras sobre el término gótico, aplicado al arte francés que impuso sus normas a todas las producciones de la Edad Media, y cuya irradiación se extiende desde el siglo XII al XV. 

Algunos pretendieron, equivocadamente, que provenía de los Godos, antiguo pueblo de Germania; otros creyeron que se llamó así a esta forma de arte, cuya originalidad y cuya extraordinaria singularidad eran motivo de escándalo en los siglos XVII y XVIII, en son de burla dándole el sentido de bárbaro: tal es la opinión de la escuela clásica, imbuida de los principios decadentes del Renacimiento(8).

Empero, la verdad, que brota de la boca del pueblo, ha sostenido y conservado la expresión arte gótico, a pesar de los esfuerzos de la Academia para sustituirla por la de arte ojival. Existe aquí un motivo oscuro que hubiera debido hacer reflexionar a nuestros lingüistas, siempre al acecho de etimologías. ¿Por qué, pues, han sido tan pocos los lexicólogos que han acertado? Por la sencilla razón de que la explicación debe buscarse en el origen cabalístico de la palabra más que en su raíz literal.

Aquí ya muestra Fulcanelli que no se está refiriendo para nada al concepto de Kabbalah judía, ya que no se trata, como en ésta, de asignar valores numéricos a las letras hebreas de la Torá (y por ende significados ocultos), asunto del que se encarga la llamada gematría hebrea, sino que Fulcanelli habla de valores fonéticos, sonoridades, homofonías, que se mantienen en ciertas palabras sin importar la lengua de base en la que se esté hablando, y que dan cuenta de un origen sagrado para muchos de éstos términos, más que de una etimología tradicional. Continúa Fulcanelli: 

Algunos autores perspicaces y menos superficiales, impresionados por la semejanza que existe entre gótico y goético(9), pensaron que había de existir una relación estrecha entre el Arte gótico y el Arte goético o mágico.

Para nosotros, arte goético no es más que una deformación ortográfica de la palabra argótico, cuya homofonía es perfecta, de acuerdo con la ley fonética que rige, en todas las lenguas y sin tener en cuenta la ortografía, la cábala tradicional. La catedral es una obra de art goth o de argot. Ahora bien, los diccionarios definen el argot como «una lengua particular de todos los individuos que tienen interés en comunicar sus pensamientos sin ser comprendidos por quienes les rodean». Es, pues, una cábala hablada.

Nuevamente deja establecido Fulcanelli a qué se refiere cuando habla de cábala. Se refiere a esta correspondencia fonética, a este habla en clave (trobar clus, término occitano tan caro a Ezra Pound y a Miguel Serrano, venido de la tradición poética provenzal, también muy cara a nuestro autor), a través de la cual los iniciados han encriptado conocimiento esotérico, de manera que todo iniciado pueda comprenderlo si comprende el argot, es decir la clave, sin importar cuál sea su idioma vernáculo. Es a través de estos juegos de palabras que es posible esconder a plena vista muchos secretos herméticos. Nuestro autor dará a continuación una explicación aún más categórica al respecto, y vinculará su concepto de cábala fonética al lenguaje original, o lengua madre de la humanidad, que él llama El Lenguaje de los Pájaros. Cerramos con este pasaje nuestra cita de «El Misterio de las Catedrales»: 

Los argotiers, o sea los que utilizan este lenguaje, son descendientes herméticos de los argonautas, los cuales mandaban la nave Argos, y hablaban la lengua argótica mientras bogaban hacia las riberas afortunadas de Cólquida en busca del famoso Vellocino de Oro. (...) Todos los Iniciados se expresaban en argot, lo mismo que los truhanes de la Corte de los milagros —con el poeta Villon a la cabeza— y que los Frimasons, o francmasones de la Edad Media, «posaderos del buen Dios», que edificaron las obras maestras argóticas que admiramos en la actualidad. También ellos, estos nautas constructores, conocían el camino que conducía al Jardín de las Hespérides. (...) El argot ha quedado en lenguaje de una minoría de individuos que viven fuera de las leyes dictadas, de las convenciones, de los usos y del protocolo, y a los que se aplica el epíteto de voyous, es decir, videntes, y la todavía más expresiva de hijos o criaturas del sol. El arte gótico es, en efecto, el ar got o cot (χο), el arte de la Luz o del Espíritu. (...) Añadamos, por último, que el argot es una de las formas derivadas de la Lengua de los pájaros, madre y decana de todas las demás, la lengua de los filósofos y de los diplomáticos. Es aquella cuyo conocimiento revela Jesús a sus apóstoles, al enviarles su espíritu, el Espíritu Santo. Es ella la que enseña el misterio de las cosas y descorre el velo de las verdades más ocultas. Los antiguos incas le llamaban Lengua de la Corte, porque era muy empleada por los diplomáticos, a los que daba la clave de una doble ciencia; la ciencia sagrada y la ciencia profana. En la Edad Media, era calificada de Gaya ciencia o Gay saber, Lengua de los dioses, Diosa-Botella(10). La Tradición afirma que los hombres la hablaban antes de la construcción de la torre de Babel(11), causa de su perversión y, para la mayoría, del olvido total de este idioma sagrado.

Claramente habla aquí Fulcanelli de que la humanidad, la verdadera humanidad, tuvo un lenguaje original, un lenguaje sagrado, que contenía en su fonética las claves para desentrañar los misterios de la realidad. Un lenguaje «universal», en el sentido de un sistema absoluto que diera cuenta de la totalidad del ordenamiento del Cosmos, la «canción para cada cosa». Dicho lenguaje original (Ursprache) se habría perdido con la «torre de Babel», o sea con la confusión de las lenguas, que no viene a simbolizar otra cosa, en nuestra opinión, que el pecado racial, la confusión de las razas o mezcla de la sangre. Dicha confusión hizo perder al hombre su estado divino, y por ende ir perdiendo el lenguaje originario hasta dar origen a las lenguas vulgares. Aun así, al parecer este lenguaje se ha preservado a través de diversas sociedades esotéricas occidentales, pero sobre todo a través de la Minne, de la Memoria de la Sangre. Así es como se puede recuperar, también, aquello que se ha estropeado con la bastardización del hombre y las lenguas. Según Fulcanelli, los principales preservadores del lenguaje originario han sido los griegos, quienes en su fonética han encriptado mucho de las sonoridades de la Lengua de los pájaros. En nuestra opinión, y pese a que esto no deja de ser de algún modo cierto, también ha habido otros idiomas que han preservado este Ursprache, de las cuales la principal sería el alemán(12).

Queremos recalcar que las etimologías dadas por Fulcanelli pueden o no tener una verificación lingüística tradicional. Nos parece probable, de hecho, que muchos historiadores y filólogos discrepen de las etimologías de Fulcanelli (él mismo así lo espera), pero no debemos olvidar que nuestro autor justifica sus explicaciones en su «cábala», en lugar de en los principios de la lingüística o la filología. Así, las homofonías entre las palabras serían más importantes que las raíces idiomáticas a las que éstas palabras pertenecen. Se escondería allí una de las claves. 

Por último, en «Las Moradas Filosofales», Fulcanelli dedica todo un capítulo a este tema, al que titula La Cábala Hermética, y que invitamos al lector a leer en su totalidad. Aun así, citaremos un pasaje que refuerza lo hasta ahora planteado: 

Sin abandonar por completo estos artificios de lingüística, los viejos maestros, en la redacción de sus tratados, utilizaron sobre todo la cábala hermética, a la que aún llamaban lenguaje de los pájaros, de los dioses, gaya ciencia o gay saber. De esta manera, pudieron ocultar al vulgo los principios de su ciencia, envolviéndolos con un ropaje cabalístico. Es esto algo indiscutible y muy conocido. Pero lo que generalmente se ignora es que el idioma del que los autores tomaron sus términos es el griego arcaico, lengua madre de la pluralidad de los discípulos de Hermes. La razón por la cual no se advierte la intervención cabalística se debe, precisamente, a que nuestra lengua actual(13) proviene directamente del griego. En consecuencia, todos los vocablos escogidos en nuestro idioma para definir ciertos secretos, como tienen sus equivalente ortográficos o fonéticos griegos, basta conocer bien éstos para descubrir en seguida el sentido exacto, restablecido, de aquéllos. Pues si nuestro idioma actual, en cuanto al fondo, es en verdad helénico, su significación se ha visto modificada en el curso de los siglos, a medida que se alejaba de su fuente. Es el caso del francés, antes de la transformación radical que le hizo sufrir el Renacimiento, decadencia escondida bajo el concepto de reforma.

Fulcanelli luego reconoce que los filólogos no estarán de acuerdo con su afirmación, que contradice la creencia de que el francés es una lengua descendiente del latín. Pero él defiende su tesis afirmando que el francés es esencialmente griego, y que solo se vio cubierto de una capa latina debido a la conquista romana. Más aun: Fulcanelli afirma que los franceses son esencialmente (racialmente) griegos. 

Sea como fuere, es evidente que esta tesis del Adepto es fundamental a la hora de entender de donde proviene la idea central que da origen a este ensayo: el hecho de que Fulcanelli otorga una etimología griega a la palabra cabale, cábala, en lugar de la tradicional etimología hebrea, y elige deliberadamente separarse de ella. En la escueta nota 55 del mismo libro, Fulcanelli propone: 

         La palabra cábala es una deformación del griego καρβαν, que chapurrea o habla una lengua bárbara. 

Dicha etimología no la pudimos corroborar en los recursos virtuales que consultamos, pero curiosamente la pudimos corroborar en un viejo diccionario griego-español de 1942, editado en España por la editorial «Razón y Fe», cuya compilación estuvo a cargo de Rufo Mendizábal. Allí puede leerse: 

καρβάν, κάρβανος: 1. Que habla una lengua extranjera. 2. Bárbaro.

Es por lo tanto evidente que Fulcanelli busca distanciarse del concepto de cábala hebrea, y por el contrario busca otorgar un origen griego a la palabra, sin duda basado en los argumentos antes expuestos, sobre todo en el que dice que a través de la cábala fonética es posible preservar, en cualquier idioma, la sonoridad de la lengua original, del Lenguaje de los pájaros. De ahí que deba entenderse, en la obra de nuestro autor, la cábala como aquel juego de palabras, aquel argoten el que los iniciados se comunican. 

Existe también una tendencia en los círculos herméticos a referirse al concepto de Lengua de los pájaros como una forma de nombrar un idioma esotérico, interior, espiritual, que codifica la realidad completa. Los que así postulan están, por lo menos en eso, de acuerdo con Fulcanelli. Y aunque muchos consideran tal lenguaje una metáfora de un proceso espiritual, nosotros especulamos que bien podría tratarse de ambas cosas a la vez: un lenguaje que opera en múltiples niveles, y que por lo tanto es un idioma material a la vez que un lenguaje espiritual. 

Por último, Miguel Serrano habló también en términos similares al referirse a lo que él llamó cábala órfica (aunque no es vano mencionar que también la llamó Kala en página 216 de su libro Adolf Hitler, el Último Avatara). Pese a que Serrano manifiesta en algún punto un desacuerdo con Fulcanelli, a nosotros en lo personal nos ha parecido que hay suficientes coincidencias como para pensar que puede haber un trasfondo común. Aun así, debemos también hacer notar las diferencias que hay entre lo que Fulcanelli llama cábala hermética o fonética, y lo que Serrano llama cábala órfica. Desconocemos de donde toma el término Serrano, pero donde Fulcanelli habla de un lenguaje iniciático, Serrano parece hablar más bien de un sistema completo de saber esotérico. Para Fulcanelli su argot parece ser más bien una clave que encripta saberes alquímicos secretos, aunque deja entrever que dicho argot es a la vez contenedor y contenido. Lo que sí parece estar claro, es que lo que Serrano llamó cábala órfica es lo que en la Tradición de la Aria Aurea Catena conocemos como Kala, y que constituye la esencia del conocimiento iniciático de la Tradición. Por lo tanto, lo que principalmente tendrían en común ambos autores —y que nos parece más relevante— es su deseo de distanciarse de la tradición hebrea, y resignificar el término cábala para sus propios fines. 

En síntesis, hemos pretendido con este pequeño ensayo exponer la tesis de que Fulcanelli, cuando habla de cábala fonética o cábala hermética, está hablando de un concepto muy diferente al de la cábala judía, y que paralelamente Miguel Serrano hizo lo propio con su cábala órfica. Ahora bien, sin duda ninguno de estos conceptos, ni el de Fulcanelli, ni el de Serrano y mucho menos el de la cábala judía, que pertenece a otra tradición por entero, puede dar cuenta de lo que es la Kala en realidad, cuyos verdaderos alcances recién comenzamos a atisbar. Confiamos en ese sentido en la enseñanza de los Maestros, que nos han mostrado claramente las diferencias. En ese sentido, no es nuestro empeño en ningún caso el de tratar de validar el vocablo cábala, que en realidad no tiene cabida dentro de la Tradición de la Aria Aurea Catena. Solo nos ha animado el deseo de mostrar una mirada alternativa, en este caso centrada en la enseñanza hermética de Fulcanelli, y que permita al lector conocer un trasfondo distinto acerca de este término, tan usado en la tradición esotérica occidental. 

Por último, ríos de tinta se han escrito acerca de Fulcanelli, y lo único que está claro es que mientras más se indaga acerca de su figura el misterio se profundiza. Sobre si fue un heredero de nuestra Tradición, solo cabe especular, aunque parece poco probable. Si llegó a la Gran Obra como dice, probablemente fue siguiendo la vía hermética tradicional, aunque es de destacar que Fulcanelli menciona como su iniciador a Basilio Valentín, quien sí es considerado un Maestro de la Tradición en el libro de La Orden de la Vara Dorada(14). En cualquier caso, y conscientes de que la etimología propuesta por el alquimista francés puede ser considerada dudosa, queremos reiterar y recalcar que probablemente la propone de forma deliberada, con el fin de distanciarse de la tradición judía. No hay que olvidar que él declara escribir, como los antiguos, en clave, en argot, lo que también se dio a llamar trobar clus en la tradición poética medieval de su propia nación francesa. En ese sentido y en muchos otros, nos parece que la tradición hermética en general y Fulcanelli en particular, pueden tener mucha más cercanía con la Kala que distancia, si consideramos a la Kala como la Tradición originaria, de la que luego el hermetismo emergió como rama secundaria, tergiversada por causa de la pérdida de la Minne. 

NOTAS:

(1) Acerca de este tema esperamos dedicar un ensayo en el futuro próximo.

(2) Que significa «orden»; no confundir con el concepto vulgar de «universo».

(3) No olvidar que uno de los nombres herméticos de la Alquimia es, justamente, Arte de Música.

(4) Fulcanelli, Les Demeures Philosophales, París, 1929.

(5) Fulcanelli, Le Mystère des Cathédrales, París, 1926

(6) Del latín medieval cabbala, cabala, y esta del hebreo medieval (qabbalah), "tradición, recepción", de la raíz, "recibir". Fuente: https://es.wiktionary.org/wiki/c %C3 %A1bala 

(7) Me parece interesante notar, ya que estos Adeptos herméticos no dejan al azar estas cosas, que la primera parte del libro posee nueve capítulos, siendo el 9 el número de la perfección en la tradición de la Aria Aurea Catena.

(8) Fulcanelli no ve al llamado Renacimiento como una etapa luminosa, sino por el contrario como una etapa decadente, que busca revestirse exteriormente del esplendor de los clásicos, pero que no es más que una cáscara vacía, desprovista de espíritu. Sobre esta controversial visión del Renacimiento esperamos extendernos en un futuro ensayo. (Nota nuestra).

(9) Semejanza que no sería más que casual para un lingüista académico, pero que es capital, como se verá, para Fulcanelli. (Nota nuestra).

(10) Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais, es una obra esotérica, una novela de argot. El buen cura de Meudon se reveló en ella como un gran iniciado con ribetes de cabalista de primer orden. (Nota de Fulcanelli).

(11) El tour (giro), la tournure ba empleada para bel. (Nota de Fulcanelli).

(12) Al respecto véase el libro Hoch-Zeit der Menschheit de Rudolf John Gorsleben.

(13) Fulcanelli se refiere al francés. (Nota nuestra).

(14) El Libro de la Orden de la Vara Dorada, Gabriel Grenze, Aurea Catena Editores, 2018.

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